Acerca del autor

Cómo aparecieron Josué y Jefté en el grado de Compañero (y en los oratorios de Händel)


Georg Friedrich Händel (Halle, Prusia 1685- Londres 1759). Óleo sobre lienzo por Balthasar Denner.



Plancha presentada ante la
Logia de Investigación Séneca nº 179,
de Sevilla, el 28 de octubre de 2021.


Queridos Hermanos:

En el ritual del Segundo Grado o grado de Compañero encontramos que, desde mediados del siglo XVIII, aparecen dos leyendas distintivas: por una parte, la de Josué ordenando al sol que se detenga, y por otra la de Jefté derrotando a los efraimitas y degollándolos en los vados del Jordán, al ser reconocidos por su forma de pronunciar la palabra Shibboleth. Como todos sabemos, el relato de Josué es el origen del Signo de Saludo o Perseverancia del grado de Compañero, mientras que el relato de Jefté es el origen de la Palabra de Paso al grado de Compañero.

A la izquierda, el Signo de Saludo o Perseverancia. A la derecha, las tropas galaaditas de Jefté degollando a los efraimitas que intentan pasar por los vados del Jordán. La palabra Shibboleth se representa como una espiga de cereal junto a una cascada de agua.

Sin embargo, las figuras de Josué y Jefté nunca habían aparecido ni en los manuscritos de Antiguos Deberes ni en los catecismos de la Palabra de Masón. Para nuestros antepasados operativos estos dos personajes eran literalmente inexistentes, y su aparición tiene lugar ya en la etapa especulativa, una vez que se ha producido ya la transición del tradicional sistema de dos grados (Aprendiz Entrado y Compañero) al nuevo sistema de tres grados  (Aprendiz Entrado, Compañero y Maestro Masón), lo que sucedió entre 1725 y 1730.

La primera vez que Jefté aparece en el ritual masónico es en Le maçon démasqué, una divulgación que, pese a estar escrita en francés, fue impresa en Londres en 1751. Permitidme que hable por un momento en primera persona para decir que por ello me resultó muy llamativo ver que Händel (o Handel, en su grafía inglesa), había escrito su último oratorio, titulado precisamente Jefté, en ese mismo año 1751. No solo eso, sino que también había publicado otro oratorio, titulado Josué, cuatro años antes, en 1747. Ante estas coincidencias no puede evitar ponerme a indagar en la bibliografía existente las razones para semejante sincronía.

Carátulas de sendas grabaciones de Josué y Jefté.


No nos extenderemos demasiado en la biografía de Händel. Aunque prusiano de origen, Händel es la gran estrella de la música inglesa de la primera mitad del siglo XVIII. Todos le conocemos por obras como su Música para los reales fuegos de artificio o su celebérrimo oratorio El Mesías. Entre 1720 y 1740 Händel fue primero director de la Royal Academy of Music, posteriormente gerente adjunto del King's Theatre y finalmente trabajó en el recién construido Covent Garden. En estos veinte años estrenó unas 43 óperas. Pero  hacia 1740 la ópera ya no le estaba resultando tan rentable. En 1741, su última ópera, Deidamía, se representó únicamente tres veces, tras lo cual se volcó en sus oratorios.

Para entender el fenómeno que supusieron los oratorios de Händel debemos tener en cuenta que la sociedad inglesa estaba muy familiarizada con la Biblia. En una Inglaterra cada vez más protestantizada y cuya vida religiosa se movía dentro de esos dos ejes que eran el anglicanismo oficial y el calvinismo puritano, era rara la casa que no tenía una Biblia en lengua inglesa, siendo por lo común leída en familia. Además, mientras que la ópera estaba escrita en italiano (y por ello destinada a las clases más altas de la sociedad), el oratorio estaba dirigido al pueblo llano y estaba escrito en inglés, lo que lo hacía comprensible para todos. A esto se añade que, para un empresario nato como era Händel, el oratorio ofrecía algunas ventajas económicas, pues no necesitaba de puesta en escena, y también podía interpretarse durante las seis semanas de Cuaresma, período durante el cual no se podían representar óperas. Todas estas circunstancias, unidas al genio del compositor, hicieron que las obras de Händel se convirtiesen en el pináculo de la producción musical inglesa durante el período de tiempo en que quedó configurado el ritual masónico.


LOS LEVANTAMIENTOS JACOBITAS

La primera mitad del siglo XVIII en Gran Bretaña fue también testigo de una situación política que marcó la percepción que tenía Inglaterra de sí misma como nación: los levantamientos jacobitas. Estas revueltas tuvieron lugar tras la incruenta Revolución de 1688 (hoy más bien se diría un golpe de estado), en la cual Jacobo II fue depuesto y sustituido por su hija, María II de Inglaterra, Escocia e Irlanda, que profesaba la fe protestante. María II reinaría hasta 1694 y le sucedería su marido Guillermo, perteneciente a la Casa Orange-Nassau. El rey derrocado se vio obligado a huir a Francia, donde fue gustosamente acogido por su primo Luis XIV, quien veía en él el medio perfecto para desestabilizar a su adversario inglés, por no decir un potencial rey de Inglaterra que fuese su aliado. Desde suelo francés Jacobo II se dedicó a organizar las operaciones militares que deberían devolverle al trono.

Huida del rey Jacobo II a Francia el 23 de diciembre de 1.688, por Andrew Carrick Gow. Curiosamente, Jacobo II había sido apresado en Kent durante su huida, pero Guillermo II no quería convertirlo en mártir católico, por lo que le dejó huir definitivamente el 23 de diciembre de 1688. Un año después ambos reyes se enfrentarían militarmente en suelo irlandés.


Un año después de su partida, en 1689, Jacobo II regresaba a Irlanda con un ejército compuesto por franceses, escoceses e irlandeses. No obstante, las tropas jacobitas fueron derrotadas en la batalla de Boyne. Las condiciones de la rendición fueron benignas, y muchas de estas tropas pudieron exiliarse en Francia, en lo que se denominó la "fuga de los gansos salvajes". Posiblemente, estas tropas irlandesas y escocesas llevaron su masonería a Francia, quedando de ello vestigios tales como las denominaciones de Maestro Irlandés, Perfecto Maestro Irlandés o Poderoso Maestro Irlandés. 

En 1701 fallecía Jacobo II, al que sucedía su hijo Jacobo Francisco Eduardo Estuardo, el cual fue reconocido como Jacobo III de Inglaterra y VII de Escocia por las cortes de Francia, España, Módena y el Papado.

De izquierda a derecha: Jacobo II de Inglaterra (retrato de 1686); Jacobo III, el viejo pretendiente, (por Alexis Simon Belle), y Carlos Eduardo Estuardo, el joven pretendiente (por Antonio David).

En 1715 Jacobo III intentó aprovechar la inestabilidad política producida por la hambruna que estaba padeciendo Escocia para intentar retomar el trono. A ello se unió otro levantamiento jacobita en el norte de Inglaterra, pero finalmente los jacobitas fueron derrotados en la batalla de Preston.

En 1719 tenía lugar un nuevo levantamiento, en el que participaron 300 soldados españoles enviados por Felipe V. Capturaron sin apenas oposición el castillo de Eilean Donnan, pero finalmente fueron derrotados en la batalla de Glenshiel.

Pero el levantamiento más peligroso fue sin duda el de 1745. Luis XV intentó apoyar al príncipe Carlos Eduardo Estuardo, el Joven Pretendiente, en un levantamiento armado de gran magnitud con el fin de derrocar la monarquía británica de los Hannover. Para ello el Joven Pretendiente logró reunir una pequeña fuerza de exiliados ingleses, apoyados por buques franceses y soldados del ejército regular de Luis XV, que desembarcaron en Escocia el 5 de septiembre de 1745. Tras ello, Carlos Eduardo Estuardo consiguió reclutar un ejército compuesto principalmente por clanes de las Highlands con el que tomó Edimburgo y derrotó al Ejército Real estacionado en Escocia en la batalla de Prestonpans. A continuación invadió Inglaterra el 8 de noviembre de 1745, y avanzó a través de Carlisle y Mánchester hasta Derby. Derby estaba a tres días de marcha de Londres, lo que provocó que en la capital cundiese el pánico entre la población, y Jorge II consideró trasladar el Gobierno a Hannover. No obstante, si bien las tropas jacobitas habían descendido hasta Derby, estas se hallaban en una situación notablemente insegura: Carlos encontró muy poco apoyo por parte de la población civil; dos ejércitos leales a Jorge II, bajo el mando del general George Wade y del príncipe Guillermo, duque de Cumberland, se estaban aproximando, la invasión francesa se retrasaba y se estaba formando una milicia protestante en Londres. El Consejo de Guerra de Carlos Eduardo Estuardo consideró prudente regresar a Escocia para reclutar un ejército mayor, y el 6 de diciembre de 1745 se iniciaba la retirada, siendo perseguidos por los ejércitos realistas.

La derrota definitiva de los jacobitas aconteció en las Tierras Altas de Escocia, en la batalla de Culloden, el 16 de Abril de 1746, donde los estuardistas estuvieron capitaneados personalmente por el príncipe Carlos. Carlos tomó la errónea decisión de plantear una batalla en campo abierto al ejército realista, mucho más profesional, disciplinado, y mejor armado. Las tropas de la Casa de Hannover no sólo arrasaron al ejército jacobita, sino que además fueron especialmente crueles, y tras la derrota mataron a todos los heridos que aún quedaban en el campo de batalla, peinando el área en busca de jacobitas huidos que fueron igualmente ejecutados. La matanza fue de tal calibre que el príncipe Guillermo Augusto, duque de Cumberland, fue apodado en lo sucesivo el carnicero de Culloden. Únicamente se tuvo piedad con las tropas francesas, a quienes por ser tropas de un rey extranjero sí se las consideró sujetas a las reglas de la guerra, siendo repatriadas. Las consecuencias para los clanes escoceses fueron desastrosas, pues fueron puestos fuera de la ley, y hasta las gaitas y la vestimenta típica escocesa fue prohibida. Solo a finales del Siglo XVIII la cultura escocesa comenzó a ser paulatinamente rehabilitada.


La batalla de Culloden, por David Morier.


After Culloden, rebel hunting (Tras Culloden, caza de rebeldes), óleo por John Seymour Lucas (1884).


A la izquierda, Jorge II, elector de Hannover y rey de Gran Bretaña e Irlanda entre 1727 y 1760. A la izquierda, su hijo el príncipe Guillermo Augusto, duque de Cumberland, quien a los 25 años dirigió el ejército de derrotó a los jacobitas en Culloden.


LOS ORATORIOS MILITARES DE HÄNDEL Y LA IDENTIDAD BRITÁNICA

A raíz de los acontecimientos sucedidos durante el levantamiento jacobita que transcurriría entre 1745 y 1746, Händel produjo una serie de oratorios destinado a exaltar al rey, los cuales estaban basados en temas militares:  Occasional Oratorio fue escrito en medio del levantamiento jacobita de 1745-1746. El príncipe Guillermo, duque de Cumberland, había hecho retroceder a los jacobitas hasta Escocia en diciembre de 1745. La lucha se había detenido debido al clima invernal y el duque de Cumberland se encontraba en Londres en febrero de 1746. Haendel compuso Occasional Oratorio apresuradamente en enero y febrero de 1746, y lo estrenó inmediatamente el 14 de febrero de 1746, dos meses antes de la futura masacre de Culloden. Occasional Oratorio es único entre las obras de Händel que él calificó como "oratorio", ya que no cuenta una historia ni contiene elementos dramáticos, sino que fue concebido como una pieza desafiante y patriótica.

Occasional Oratorio HWV 62

Aparte de Occasional Oratorio, Händel compondría otros oratorios centrados en grandes caudillos militares como Judas MacabeoAlexander BalusJosué y Salomón, a quienes se identificaba con Jorge II, del mismo modo que el pueblo de Israel se identificaba de manera natural con el pueblo británico. Su último oratorio, escrito en 1751, fue Jefté.


Joshua 

 
Jephtha HWV 70


Una circunstancia particular de la identidad inglesa, que ya se apreciaba a finales del siglo XVII, era la creencia de que los protestantes estaban bajo el cuidado especial de Dios, y que parte de esa relación especial con Dios incluía ser probados de manera recurrente por períodos de sufrimiento y tribulación. En cierto sentido, daban por sentado que era inherente a la naturaleza protestante el tener que luchar con quienes no eran protestantes, del mismo modo que también tenían una marcada fe en que, bajo el manto de la Providencia, podrían superar cualquiera de estas situaciones. Sencillamente, buena parte de la sociedad inglesa estaba íntimamente convencida que ellos constituían un nuevo Israel.

Vamos a citar un fragmento del libro Britons, forging the nation 1707-1837, de Linda Colley, publicado en 1992, dado que explica muy bien por qué cobraron tanto auge estos personajes bíblicos tras la revuelta jacobita de 1745.
Un paralelismo habitual entre los clérigos de todas las partes de Gran Bretaña era el de los jacobitas (o quienquiera que fuera el enemigo en ese momento) y los asirios y sus aliados. En diciembre de 1745, Adam Ferguson envió a los regimientos realistas de las Highlands a luchar contra lo que quedaba del ejército jacobita arengándoles con un sermón pronunciado en gaélico y basado en los discursos de Joab al ejército de Israel antes de su batalla con los amonitas. Del mismo modo, los sermones a raíz de la victoria se basaron en analogías muy similares. Alexander Webster, ministro de la iglesia de Tolbooth, en Edimburgo, quien era incondicionalmente progubernamental, dedicó sus sermones sobre Culloden a los que estaban llenos de "preocupación por el bienestar de nuestra Jerusalén, y celo por el Israel británico". Mientras que otro clérigo, inglés esta vez, pregonó el significado cósmico de la Guerra de los Siete Años en el título de su sermón para celebrar la Paz de París en 1763: El triunfo de los israelitas sobre los moabitas, o de los protestantes sobre los papistas.
Hay innumerables ejemplos de este tipo de lenguaje clerical. Pero citar siquiera una parte de ellos sería superfluo, pues el punto crucial es muy sencillo. La interpretación apocalíptica de la historia, en la que Gran Bretaña representaba a Israel y sus oponentes a los cómplices de Satanás, no se desvaneció ante el racionalismo de finales del siglo XVII, sino que siguió formando parte del pensamiento de los protestantes devotos  hasta mucho tiempo después.
(...)
Uno de los más poderosos transmisores de la idea de Gran Bretaña como Israel, por ejemplo, tomó la forma de palabra cantada más que impresa. Desde el momento en que se instaló en Londres, George Frederick Handel halagó a su nuevo entorno, y especialmente a sus mecenas en la corte, insertando en su música comparaciones regulares entre los acontecimientos de la historia británica y los esfuerzos de los profetas y héroes del Antiguo Testamento. El himno que compuso para la coronación de Jorge II en 1727, y que se ha interpretado en todas las coronaciones posteriores, es un ejemplo de ello: "Sadoc el sacerdote y Natán el profeta ungieron a Salomón como rey". Pero fue en los oratorios donde explotó al máximo el paralelismo entre Gran Bretaña e Israel. EsterDéboraAtalíaJudas Macabeo (compuesto en honor a la victoria del duque de Cumberland sobre los jacobitas en Culloden), JosuéSusanaJefté y, evidentemente, Israel en Egipto, tienen como tema la liberación de Israel del peligro gracias a unos líderes inspirados por Dios. La moraleja que Handel quería que sus oyentes extrajeran era obvia: en Gran Bretaña, el segundo y mejor Israel, un pasado violento e incierto iba a ser redimido por la nueva dinastía hannoveriana, firmemente protestante. Al celebrar a Gran Bretaña de esta manera tan brillante, Haendel se convirtió en una institución nacional.
Al estar tan presentes estas figuras en la realidad espiritual británica, lo normal es que también impregnasen otras áreas de la actividad intelectual en Gran Bretaña, y la masonería fue una de ellas. De este modo Josué y Jefté entrarán también en el ritual masónico. No obstante, es preciso decir que el oratorio Jefté gira en torno a unos acontecimientos distintos a los del ritual masónico, pues se centra en el drama -mucho más conocido- que vive Jefté al tener que sacrificar a su hija para mantener la promesa que había realizado, con motivo de su victoria sobre los amonitas, de sacrificar a la primera persona que saliese a su encuentro.


JOSUÉ Y JEFTÉ EN EL RITUAL MASÓNICO

No podemos saber con certeza qué había en la mente y el corazón de los hermanos que crearon el contenido del nuevo grado de Compañero en el intervalo de tiempo en que este nuevo grado aparece y se configura (1725-1751). No obstante, reducir la presencia de Josué y Jefté en el ritual masónico a un mero reflejo de las circunstancias políticas de la época sería subestimar a los hermanos que incorporaron estas figuras al Segundo Grado, pues el simbolismo masónico de Josué y Jefté va mucho más allá. Analicemos qué es lo que nos narran los relatos de Josué y Jefté.

En Jueces 12, 4-6 se narra lo acontecido cuando los efraimitas derrotados intentaban cruzar el río Jordán, pues entonces se encontraron a las tropas galaaditas de Jefté vigilando los vados. Para identificar a los efraimitas, los galaaditas ponían a cada viajero una prueba simple:
Y los galaaditas tomaron los vados del río Jordán a Efraín, y cuando alguno de los de Efraín que había huido decía: «¿Puedo pasar?». Los de Galaad le preguntaban: «¿Eres tú efraimita?». Si él respondía «no», entonces le decían: «Pues di “shibboleth”». Y él decía «sibboleth», porque no podía pronunciar bien esa palabra. Entonces le echaban mano y le degollaban. Y así murieron cuarenta y dos mil de los de Efraín.
Por otra parte, en Josué 10 podemos leer:
Entonces Josué habló a Jehová el día en que Jehová entregó al amorreo delante de los hijos de Israel, y dijo en presencia de los israelitas: Sol, detente en Gabaón; y tú, luna, en el valle de Ajalón. Y el sol se detuvo y la luna se paró, hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos. (...) Y Josué tomó Debir, y a su rey, y a todas sus ciudades; y las hirieron a filo de espada, y destruyeron todo lo que allí dentro tenía vida, sin dejar nada; como había hecho a Hebrón, y como había hecho a Libna y a su rey. Hirió, pues, Josué toda la región de las montañas, del Neguev, de los llanos y de las laderas, y a todos sus reyes, sin dejar nada; todo lo que tenía vida lo mató, como Jehová Dios de Israel se lo había mandado.
En el fondo ambas narraciones responden a un patrón común, el cual se repite hasta la saciedad en el Antiguo Testamento, y refleja un problema endémico al que tenían que hacer frente los judíos adoradores de Jehová: la coexistencia en la Tierra de Canaán con pueblos adoradores de Baal e incluso con judíos politeístas como los samaritanos, situación esta que desembocaba necesariamente en conflictos. Lo esencial de ambas leyendas masónicas es que tanto Josué como Jefté están luchando contra adoradores de Baal. El dios Amurru, que da nombre a los amorreos, y es también llamado bêlu šadī o bêl šadê, es Baal, el dios a quien también adoraban los efraimitas. 

A la izquierda, Josué descuelga los cadáveres de los cinco reyes amorreos. A la derecha, Jesús reprocha a la samaritana que haya tenido cinco maridos, y que su actual marido tampoco lo es realmente. Muy probablemente, y a pesar de la distancia temporal entre ambos fragmentos bíblicos, ambos se están refiriendo de manera velada a la pentada de dioses adorada por los judíos politeístas, como los samaritanos (el marido de la samaritana que no es tal no es otro que Jehová, al que los samaritanos adoraban sin convencimiento).

Es muy posible que nuestros hermanos londinenses de la época pretendiesen utilizar los personajes bíblicos populares en la época para plasmar en el ritual masónico la lucha entre el bien puro y el mal puro. Sin duda entendían correctamente el contenido simbólico de las leyendas de Josué y Jefté, como nos demuestra el hecho de que escogiesen la espiga de grano y la cascada como representación de Shibboleth, lo que a su vez implica una perfecta comprensión de la naturaleza de la lucha entre Baal y Jehová.

Baal, dios de la lluvia, el trueno y la fertilidad entre babilonios, caldeos, cartagineses, fenicios, filisteos y sidonios.


SHIBBOLETH

En una sociedad agrícola, el dios más grande es aquel que puede garantizar la lluvia y las cosechas. Esta es la razón por la que Baal, dios de la lluvia y la fertilidad, gozaba de tanta devoción en Asia Menor. Mencionaremos, por lo ilustrativo que resulta en este sentido, 1 Reyes 17, donde puede encontrarse el duelo más espectacular de la Biblia entre un adorador de Jehová y los sacerdotes de Baal. Elías, que no era ningún héroe, sino un hombre sujeto pasiones similares a las nuestras (Santiago 5:17), se dirige a Galaad, donde amenaza al rey Acab y a los sacerdotes de Baal negando el poder de Baal para proveer la lluvia, afirmando osadamente: «Vive Jehová, Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra». Tras semejante temeridad, rayana en la blasfemia, Jehová aconseja a Elías abandonar Galaad, y se dirige a la casa de la viuda de Sarepta de Sidón. La viuda apenas tiene harina, pero no obstante Elías le exige agua y pan, iniciando una nueva conversación en la que Elías defiende el poder de Jehová, y no de Baal, para proveer de grano. Finalmente tiene lugar en el Monte Carmelo el espectacular duelo de Elías con los 450 sacerdotes de Baal. Mientras una sequía azota Galaad, Elías hace que el rey Acab reúna a 450 sacerdotes de Baal en el Monte Carmelo. Allí reta a estos sacerdotes paganos a que logren que su divinidad encienda la leña de un altar, empresa en la que fracasan. Sin embargo, Elías hace que preparen un altar igual, y que mojen la madera tres veces, pero él sí logra que Jehová lo encienda. Tras demostrarse el poder de Jehová, la lluvia regresa y la sequía cesa.

La palabra Shibboleth significa "espiga" en hebreo. Sin embargo, la razón por la que Shibboleth se representa en el Tablero de Trazo de Segundo Grado como una espiga de grano y una cascada de agua es porque estos dos elementos representan el punto de conflicto donde Jehová y Baal se diputaron su hegemonía durante siglos, del mismo modo que indican la naturaleza de la victoria de Jehová: es Jehová, y no el falso dios Baal, quien provee de agua y grano, de alimento y fecundidad. Como hemos dicho, para los hebreos la diatriba entre Jehová y Baal no era una mera discusión entre dos dioses que pudiesen ponerse en el mismo plano, sino literalmente entre Dios y el demonio.

Para concluir esta plancha considero oportuno mencionar una última cuestión, y es que Josué y Jefté no son los únicos elementos que aparecen en el Segundo Grado y están relacionados con la Casa de Hannover. Una aportación de notable corte hannoveriano es también el Templo del Rey Salomón, el cual tenía una importancia relativamente menor para los masones operativos (aunque el Templo del Rey Salomón ya aparece en el manuscrito Cooke, en c.1425, el gran mito arquitectónico de los manuscritos de Antiguos Deberes era la Torre de Babel). Tanto a finales del siglo XVII como a comienzos del XVIII Londres era una ciudad en reconstrucción tras el gran incendio de 1666, que se prolongó durante tres días y fue de envergadura apocalíptica. Carlos II encargó entonces a sir Christopher Wren un proyecto de reconstrucción de Londres, el cual estaría destinado a hacer de la capital inglesa una Nueva Jerusalén capaz de competir con la Ciudad de la Luz en que París se estaba convirtiendo. Por ello la nueva catedral de San Pablo, ómfalos que conectaría el cielo y la tierra, estaba inspirada el Templo del Rey Salomón. Pero por si el Templo del Rey Salomón y la Nueva Jerusalén no fuese un tema lo suficientemente de moda, con la llegada de los Hannover en 1714 llegó a adquirir un cierto carácter político. Todos hemos escuchado las leyendas que narran cómo María Magdalena llegó al sur de Francia con la hija de Jesús, Sara, la cual dio lugar a la dinastía merovingia. Obviamente esto tenía una clara dimensión política. Por increíble que nos pueda parecer, los Hannover, recién llegados al trono de Inglaterra en 1714, también reclamaban su ascendencia davídica, y por ello fomentaron el mito de la Nueva Jerusalén, ciudad en la que reinaría un monarca que entroncaba con la dinastía de David. Esto provocó que se identificase todo lo referente al Templo con la condición de buen súbdito hannoveriano. Obviamente, nadie a esas alturas se iba a creer realmente que la nueva dinastía tuviese sangre davídica, pero sin duda el interés por el Templo se convirtió en políticamente correcto. En este contexto el Templo del Rey Salomón se incorporaría al ritual masónico, como también sucedería con Josué y Jefté, solo que estos lo harían veinte años más tarde. Mientras que el Templo del Rey Salomón aparece ya en toda su plenitud en Masonry Dissected (1730), Jefté no aparecerá hasta 1751 en Le maçon démasqué, y el Signo de Saludo o Perseverancia inspirado en Josué lo hará en 1760 en Three Distinct Knocks.

He dicho, Venerable Maestro.



2 comentarios:

  1. Muy Buen Trazado !!! 👁⛓🙏
    Inspirador y Reflexivo para la Justa Valoración de la Masonería, en el Segundo Gradi del REAA (Compañero Masón).
    🤝🔆🤝🌾🤝

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  2. Se agradece...para leer más de una vez
    Un abrazo

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